Cinco etapas históricas y la ruta 40: Perochena pide no repetir oportunidades perdidas
Al cerrar el simposio de mercado de capitales del NOA, la historiadora enlazó ciclos de crisis y polarización con el potencial minero-energético del interior y advirtió que hace falta infraestructura y consenso político.
· 5 min de lectura Por Redacción Base Tucumán

Camila Perochena, historiadora e investigadora asistente en el Departamento de Estudios Históricos y Sociales de la Universidad Torcuato Di Tella y directora de los Posgrados en Historia, cerró ayer el 2° Simposio de Mercado de Capitales del NOA, convocado por el Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF). El panel final llevaba por título «Decidir en tiempos inciertos: liderazgo, historia y largo plazo» y anticipaba el eje de su charla: la incertidumbre como rasgo persistente de la vida nacional.
Perochena aclaró que no abordaría decisiones puntuales de mercado, sino un marco más amplio —comunidad, política, país y modelos de desarrollo— con una lectura histórica en la que el NOA fue actor en la construcción de la Nación. Arrancó señalando lo que muchos consideran el «gran karma» argentino: «los argentinos vivimos siempre en la incertidumbre que, a su vez, forma parte de la vida cotidiana». Aunque el poder suele concentrarse en las definiciones que se toman en Buenos Aires, sostuvo que el presente invita a pensar algo distinto:
Por primera vez, las provincias van a tener un rol que no tuvieron nunca en su historia. Y me refiero al interior, al corredor de la ruta 40 que hoy es una ventana de oportunidades de las que la Argentina tuvo muchas, pero que se las dejaron pasar; no la aprovechamos
. Desde ahí desplegó cinco «estaciones».
La primera remite a 1816.
No hay mayor momento de incertidumbre como el que se vivió en Tucumán, asediados por todos lados, con revoluciones que se perdieron en toda América latina
, relató. En ese escenario se proclamó la Independencia, pero faltaba erigir un Estado con reglas compartidas —monarquía o república— y la discusión constitucional demandó tres años sin aceptación unánime entre provincias.
Nos independizamos, pero no pudimos construir acuerdos para mirarnos como un estado nacional unificado. Las asimetrías entre Buenos Aires y las provincias fueron una grieta que no sólo se quedaba en la disputa entre unitarios y federales, sino que además se profundizaba geográfica y económicamente, al monopolizarse los recursos de aduana de las zonas portuarias
. Entre 1820 y 1860 el país debatió qué hacer con esos ingresos aduaneros —«si se quedaban en la más rica y poderosa y que un poco fuera a los 13 ranchos, a las provincias que, sin ingresos, no podían hacer nada»— y tardó cincuenta años en unificar la república, frente a los once que le tomó a Estados Unidos pasar de la revolución a la constitución y despegar como exportador. «El costo de la polarización argentina fue insertarse tarde en el mundo», resumió.
La segunda estación, hacia 1862, trajo otro sistema tributario y caminos más transitables; con Nicolás Avellaneda (tucumano) en la presidencia hubo otra mirada hacia el interior, mientras Julio Argentino Roca «descabezaba» a Buenos Aires al sacarle la ciudad. Latió entonces el canje proteccionista para resguardar economías provinciales vía aranceles. Tucumán, con el azúcar, y Mendoza, con el vino, crecieron por encima del promedio al industrializarse, y el tramo 1880-1914 combinó expansión, recursos, ferrocarriles que abarataron costos y acuerdos políticos.
En la tercera, describió la sustitución de importaciones. Recordó a Alejandro Bunge (1928) llamando a diversificar ante un exterior adverso, con provincias que podían florecer en minería y manufacturas. El giro de modelo dejó en pie sobre todo a Buenos Aires, Córdoba y Rosario, mientras las economías regionales sufrieron:
Fue un período difícil, principalmente para Tucumán, porque en 1966 se cierran parte de los ingenios que sostenían la provincia. Todas padecieron este modelo, pero Tucumán más que nadie con la migración hacia los conurbanos
La cuarta la definió como de crisis y desorientación, iniciada en 1975 con el Rodrigazo, con ciclos repetidos de planes de estabilización en busca de un desarrollo de largo plazo. «Aquel año de 1975 fue el peor para nuestra moneda; nunca pudimos recuperar la confianza en ella, ya que la sociedad perdió sus ahorros de un día para el otro». Siguieron los «stop and go» sin equilibrar la macro. Destacó, no obstante, 2003-2007 bajo Néstor Kirchner, tras la crisis abrupta:
Fue el de la mejor herencia en términos macroeconómicos y el momento para decidir qué modelo adoptar. Pero terminó siendo una de las ventajas perdidas más grandes en los últimos 50 años
La quinta la tituló «La economía de la ruta 40». Reconoció un cambio de matriz productiva y la actualidad de la idea bungeana, de hace un siglo.
Los recursos mineros y energéticos están hoy en las provincias del interior y no hay que desaprovechar esa oportunidad. Pero que los recursos estén no significa que la cosa funcione
. Propuso mirar de nuevo la Argentina de fines del XIX, no en la clave con la que el presidente Javier Milei habla de potencia, sino en dos ejes ausentes de sus discursos: infraestructura en rutas y ferrocarriles, y acuerdos políticos. «No es fácil llegar a acuerdos políticos, pero es la única manera de pensar en no perder otra oportunidad histórica», cerró.


