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Maradona en el jardín de un chalet de Yerba Buena: el homenaje vecinal que no deja de crecer

Ricardo “Coco” Silveti instaló una escultura del Diez en el frente de su casa tucumana. Bocinazos, visitas espontáneas y emoción convierten el lugar en un refugio de memoria compartida.

· 4 min de lectura Por Redacción Base Tucumán

Maradona en el jardín de un chalet de Yerba Buena: el homenaje vecinal que no deja de crecer
La estatua de Maradona en Yerba Buena.

Hoy es 30 de octubre: el nacimiento del más grande, el cumpleaños de “Pelusa”, la “Navidad maradoniana” para quienes lo siguen con devoción. Aun así, para ver y sentir la huella del “10” no hace falta esperar el calendario.

En Yerba Buena el verde de los árboles contrasta con el gris del pavimento. A pocas cuadras del bullicio de un shopping, la calma domina: es viernes, pero el poco tránsito y el cielo nublado hacen que parezca domingo. Entre los chalets de la calle Ituzaingó destaca uno rosa y blanco, casi un consulado: bandera argentina en lo alto del mástil y, en el centro del jardín delantero, una estatua de Diego Armando Maradona como custodia de la entrada.

Ricardo “Coco” Silveti, nacido en 1974, creció con Maradona siempre presente. “Estuvo en mi infancia, en mi adolescencia, en mi juventud, y ahora también. Es un emblema de los argentinos”, dice. El 25 de noviembre de 2020 lo golpeó distinto: en su trabajo le avisaron la peor noticia. “Alguien me dijo: ‘Murió Maradona’. Se me nubló la vista. No lo podía creer, uno lo siente como un pariente cercano”, recuerda. De ese dolor surgió la decisión: “Uno de los temores que él tenía era que lo olviden. Así que dije: ‘Tengo que hacer algo para que siempre se lo recuerde’”.

Por un compañero del secundaria contactó a Carlos Benavídez, entre los escultores más reconocidos del país, que entonces trabajaba en encargos para jeques en Qatar. Un año y medio después lo convenció. La pieza, antes de existir, ya tenía destino: el frente de la casa. “La idea es compartir. Así, cada vez que alguien pasa, saca una foto o dice algo, Maradona está vivo; está en el pensamiento, en el corazón de la gente”.

Los que lo ven se sorprenden; les genera risa y luego nostalgia. Vuelven a esos momentos felices con los parientes que ya no están, como mi madre. Es un momento feliz y triste al mismo tiempo

agrega.

“A veces no me creen, pero son cosas que pasan. Por suerte están las fotos”, comenta mientras repasa imágenes de obreros, niños, turistas europeos y vendedores ambulantes posando junto a la escultura. Pocos días después de la inauguración, un vendedor ambulante empujaba su carro de verduras:

Yo estaba saliendo en el auto y el hombrecito, muy humilde, me miró y me preguntó: ‘¿Ese es el Diego? Quiero tocarlo’. Paré todo y le abrí. Entró con el carro de frutas, se paró al lado de la imagen, apoyó la mano y se puso a llorar de la emoción. Maradona representa mucho a la gente humilde, a la gente sufrida
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relata. Cuatro turistas neerlandeses hicieron el gesto de la mano de dios; los invitó a entrar, charlaron y firmaron el libro de visitas. Otro hombre, recién llegado a Tucumán tras veinte años en Estados Unidos, fue del aeropuerto directo a la estatua, sin pasar por su casa:

Es un loco, se vino desde el aeropuerto, no fue ni a su casa. Por supuesto, lo atendí, charlamos horas, y le puse unos temas del Diego. Hasta que no lo hicimos llorar no paramos

cuenta entre risas.

Soledad Travaini, su esposa, suma relatos. “El año pasado estaba en el frente, se acercó un hombre a la reja y me dijo: ‘¿Le puedo cantar el feliz cumpleaños?’. Yo no sabía qué responder, pensaba que me decía a mí”, dice riendo; era 30 de octubre y el transeúnte pedía cantarle al “10”. La familia vive con Diego como un miembro más: bocinazos, autos que retroceden para sacar fotos desde la ventanilla. Francisco, Santino y Helena heredan el sentimiento.

Yo le transmito esto a mis hijos y ellos seguramente lo harán con los suyos: que había un morochito de rulos con un talento genial y que, principalmente para los humildes, verlo jugar era la mayor alegría. Pero les transmito también cómo le hacía frente a la adversidad: la vida no es fácil, está llena de obstáculos y hay que superarlos con pasión. Hacer las cosas a medidas o sin ganas no va; hay que ponerle el corazón como lo hacía él.

El 30 de octubre y el 25 de noviembre “Coco” repite el ritual: versiones de Pennisi, Manu Chao y otras canciones, con el bafle a la tarde para no molestar vecinos; “cuando terminan esas cinco o seis canciones, empiezan a aplaudir de las casas del frente”. Soledad completa: “Pone el relato de Víctor Hugo y se queda ahí, contemplando al Diego”. Mientras padres cuenten historias, la gente sonría al ver su imagen y suenen las canciones, Diego Armando Maradona seguirá vivo. Hoy cumpliría 66 años; con gestos como el de Silveti, la figura del Diez se mantiene eterna.

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